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Va a salir a correr. Se levantará temprano, así que llama sin cuidado. Gracias. Sí. ¿Sabes? A decir verdad, yo… bueno, esperaba más. Un soliloquio de «Hamlet»? No, pero todo fue común y corriente. Digo, el hombre que– se case contigo debería ser extraordinario. Extraordinario. Cielos, ya me harté de «extraordinario». Estoy muy vieja para eso. ¿Qué tan vieja’? Demasiado para «extraordinario». Desde hace tiempo. ¿Y supongo que eso es mi culpa’? Te encantaría pensar eso, ¿verdad? Te encantaría imaginar que me arruinaste para todos los otros. ¿Me complacerías en algo’? Probablemente. Podrían ser desagradables, pero hay cosas que me gustaría decir– que necesito decir. No importará. Bueno, tal vez no. Una historia olvidada. Hasta yo la olvidé casi por completo. No digas eso. Claro que la olvidé. Si no, no estaría aquí. Realmente son anécdotas de chicas que conocías que usaban blusas de tubo. No, lo pensé. No era una blusa. Era un vestido rayado con la parte de arriba de tubo. Sí, recuerdo el vestido. ¿Y el libro’? No sé, era algo escrito por– Danielle Steele. ¡Nunca la leí! Nunca leí a Danielle Steele. Nunca leí a Danielle Steele. Fue escrito por una mujer. Fue «La casa de la alegría» de Edith Wharton. Sí. Tal vez sí. Ese era. Bueno. Estabas acostada bajo un árbol, leyendo un libro de Edith Wharton. «La casa de la alegría». «La casa de la alegría». Era un día bochornoso de fin del verano en Cape Cod. Había brisa. Todos estaban formados para comer. Noté que no querías que te interrumpieran y dije: «No sé si lo sepas, pero la comida está lista». Y tú dijiste… «La comida esperará». Y me despediste como si fuera tu sirviente, pero no desistí. Te tomé de la mano y te dije: «No esperará». Tu libro se cayó. Me tomaste por sorpresa. Y no sé por qué, pero te besé en la boca ahí, en ese momento. ¿Cuánto llevábamos casados’? Seis meses. No mucho, realmente. No, no mucho. ¿Y luego qué pasó’? Se acabó el verano. Volvimos a la ciudad. ¿Y luego? Compramos cortinas, paseamos al perro, cocinábamos para dos, acabamos la escuela y hacíamos el amor en la mañana y en la noche. A veces dos veces seguidas. Pero a veces estabas sola. A veces esperabas. Tu esposo era joven, insensato y descuidado. No. Y estabas embarazada. No. Y te fuiste. Te fuiste tan lejos como pudiste. Te fuiste a Londres, conociste a un cardiólogo… Voy a correr. Y te casaste con él. Ahora, a la cama. ¿Es el anillo que te di’? No. Es igualito. Es un anillo, un anillo de boda. Es de oro y redondo. ¿Qué pasó con el esposo’? El primer esposo. Bueno, él– a veces piensa en acabar con su vida. Él no es así. Bueno, a veces no puedes soportarla. La soledad. Luego un día estás en una boda y un hombre te ofrece una copa de champaña. Le dices que no tomas. Él hace bromas tontas. Cree que si habla lo suficientemente rápido, la mujer tal vez no se de cuenta. ¿Cuenta de qué’? De que es el mismo hombre. De que es el esposo. Su esposo. Sería como si lo conociera por primera vez. ¿Funciona? Durante un rato. Ella lo lleva a su cuarto de hotel. Pero en cuanto apagan la luz, ella lo reconoce.



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